GUITARRA
 
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Tributo a la guitarra

Apasionado de la música española, Rolando Saad interpreta regularmente las grandes obras del género: el 'Concierto de Aranjuez' y 'Fantasía para un gentilhombre' de Rodrigo, la 'Romanza' de Bacarisse, la 'Sonatina' de Torroba y las versiones para guitarra de 'Carmen' de Bizet y 'El Amor Brujo' de Falla.

Desde hace años, Rolando Saad lleva interpretando por los principales escenarios "La Gran Noche de la Música Española”, un programa que lleva al escenario el corazón mismo de España. Con una música inspirada en la tradición y melodías líricas, el lustroso tono de la guitarra y su energía rítmica capturan los sonidos y el sentir español como ningún otro instrumento es capaz de hacerlo.

La obra estrella del programa es el Concierto de Aranjuez de Joaquín  Rodrigo, la obra fetiche del guitarrista Rolando Saad, quien, con 900  actuaciones, es el guitarrista que más veces la ha interpretado en todo  el mundo. Saad ha actuado para más de dos millones de espectadores en  las principales salas de Europa y con prestigiosas orquestas, entre  ellas la Royal Philharmonic Orchestra de Londres. Su virtuosa ejecución  logra capturar y transmitir al público el espíritu alegre de la obra y  la evocación de los días felices por los parques de Aranjuez, en el más  bello diálogo escrito para la música entre la guitarra y orquesta.

El programa se complementa con la Fantasía para un gentilhombre de Rodrigo, un giro fresco y original a los temas españoles del siglo XVII, la Sonatina para guitarra y orquesta de Federico Moreno Torroba y las versiones para guitarra y orquesta de Carmen de Bizet y del Amor Brujo de Falla.

Pasaporte a la inmortalidad

Conseguir el pasaporte a la inmortalidad, aunque sea con una sola obra, es el sueño que acaricia cualquier compositor. Para Joaquín Rodrigo (Sagunto 1902- Madrid, 1999) el sueño se hizo realidad en 1940, con el estreno del Concierto de Aranjuez, una partitura que rompió celéricamente los límites del mundo clásico alcanzando una popularidad extraordinaria. La obra, un auténtico fenómeno social que ha eclipsado el resto de su producción, posee actualmente más de setenta versiones en el mercado, con unas espectaculares cifras de ventas que la sitúan entre las más vendidas de todos los tiempos. Si el genial Miles Davis demostró en 1959 con el disco Sketches of Spain que la popular partitura de Rodrigo podía transformarse en una absoluta obra maestra del jazz, una curiosa lista de cantantes, desde Richard Anthony a Josep Carreras, llevan décadas poniendo la voz a innumerables arreglos, algunos perpetrados desde la cursilería, el mal gusto y el simple oportunismo.

Todos los guitarristas del siglo tienen en el Concierto de Aranjuez su inevitable tarjeta de presentación, tanto en los auditorios como en los estudios de grabación. Mª Luisa Anido, Regino Sainz de la Maza, Narciso Yepes, Juliam Bream, John Williams, Pepe Romero y un largo etcétera de grandes guitarristas han llevado al disco una o varias versiones de la obra maestra de Rodrigo, y no sólo los guitarristas, ya que en su versión para arpa, la popular obra cuenta con versiones a cargo de Nicanor Zabaleta, Marisa Robles e Isabelle Moretti.


Joaquin Rodrigo

La obra orquestal de Rodrigo se vertebra en una serie de conciertos para diversos instrumentos, con especial protagonismo de la guitarra. Junto al Concierto de Aranjuez destacan la Fantasía para un gentilhombre, Concierto para una fiesta o el Concierto andaluz para cuatro guitarras. Su catálogo incluye deliciosas partituras como el Concierto para piano, varias páginas concertantes para violonchelo, el Concierto Pastoral para flauta y el Concierto serenata para arpa y orquesta. Autor de una exquisita obra vocal, Rodrigo desplegó también su talento en el ámbito orquestal, con logros como Música para un jardín, En busca del más allá, Zarabanda lejana y villancico, Palillos y panderetas, Per la flor del lliri blau y Soleriana.

Nada, sin embargo, puede compararse a los ornamentos del tiempo lento del Concierto de Aranjuez, inspiración musical en estado puro que no logró alcanzar en ninguna de sus otras creaciones. Con Rodrigo se cierra toda una época de la música española, casi un siglo entero, el siglo XX, que se abrió con la inspiración nacionalista de Felip Pedrell, Isaac Albéniz y Enric Granados, de fuerte e inequívoca vocación internacional.

Muchos grandes compositores transitaron ese difícil camino con la mirada puesta en Europa pero sin romper nunca las cadenas con las raíces tradicionales que persisten en la música hispana desde el esplendor del Renacimiento y el Barroco hasta el Romanticismo y el repertorio del siglo XX. Manuel de Falla, Joaquín Turina, Frederic Mompou y tantos otros compositores empeñados en sepultar de una vez por todas el casticismo localista abriendo de par en par las ventanas de la inspiración en el patrimonio musical hispano.

Rodrigo, nacido en Sagunto y formado en Valencia, ciego desde los tres años, siguió también el camino de tantos autores españoles que completaron su formación en París, empapándose de las principales corrientes estéticas y musicales de su época. Entre sus maestros destacan dos nombres, el levantino Eduardo López Chávarri y el francés Paul Dukas, que elogió siempre la inspiración y la personalidad del que fue uno de sus alumnos predilectos.

 



  Salvador Bacarisse

Escrito en su mayor parte en París, el Concierto de Aranjuez, estrenado en Barcelona en 1940 por el guitarrista Regino Sainz de la Maza, a su regreso a España, obtuvo un éxito fulgurante que hizo olvidar otros logros. “Nace a la música nuestro compositor como un nacionalista distinto que desde una total admiración a Manuel de Falla sabe buscar otras salidas”, escribe el compositor y crítico musical Enrique Franco en su artículo "El fin de una época musical", publicado por el diario El País el 7 de julio de 1999, al día siguiente de la muerte de Rodrigo. “Las encontró, principalmente, a partir de sus nuevas y refinadas consideraciones de nuestro pasado de los siglos XV y XVI o del españolismo dieciochesco y cortesano del XVIII en lo que el propio Rodrigo denominó neocasticismo. En realidad la música de Rodrigo es identificable desde los primeros compases. A él mismo le gustaba decir:

“No sé si mi copa es más grande o más pequeña, pero, en todo caso, yo bebo en mi copa”.

Rodrigo, como acertadamente describió Enrique Franco, se convirtió en “un clásico de sí mismo”. Y en ese clasicismo vital la joya de la corona es el Concierto de Aranjuez, tocado por ese lirismo que caracteriza su obra, y también por la alegría vital tras la melancolía que explota en el tercer movimiento. La obra, que se inicia con un primer movimiento de excitante fuerza rítmica y singular belleza melódica, alcanza su estado de gracia en el Adagio, probablemente la melodía más hermosa y penetrante de toda la historia de la guitarra. El propio Rodrigo hacía alusión al “diálogo elegíaco” que establece la guitarra con otros instrumentos solistas de la orquesta, en especial el corno inglés. “Era una evocación de los días felices de nuestra luna de miel”, escribía su mujer, la pianista Victoria Kamhi, “cuando paseábamos por los parques de Aranjuez; era al mismo tiempo una declaración de amor”. Un optimista y alegre espíritu rítmico inunda de nuevo el tercer movimiento, de escritura ágil y precisa en un estilo que evoca una danza cortesana de sabor rococó.

 



 

 

 

La fascinación por la guitarra

Contemporáneos a Rodrigo, Salvador Bacarisse (Madrid, 1898-1963) y Federico Moreno Torroba (Madrid, 1891-1982) compartieron con el primero la fascinación por la guitarra, a la cual homenajearon cada uno desde sus propios estilos y en circunstancias muy diversas: Bacarisse exiliado en París y Moreno Torroba con el beneplácito del régimen franquista.

Pese a una producción tan extensa como notable, las obras de Salvador Bacarisse han tenido poca difusión y son desconocidas para el gran público. Además de compositor, ejerció de crítico musical en la prensa madrileña y desempeñó el cargo de delegado del gobierno en asuntos musicales en Barcelona, organizando algunos conciertos y temporadas de ópera. Sus obras bebieron de fuentes diversas: desde la vanguardia española, el impresionismo y la influencia estética de Cocteau y Los Six de París hasta un romanticismo que siempre estuvo presente en sus composiciones.

Durante la guerra civil española Bacarisse se trasladó, siguiendo al gobierno republicano, a Valencia y luego a Barcelona, y al finalizar la contienda se exilió a París, donde vivió hasta su muerte. Quizá el sentimiento de añoranza a su tierra le impulsó a componer obras de profundas raíces españolas, como la ópera El estudiante de Salamanca, de José de Espronceda, el ballet Tía fingida, de Cervantes, la Fantasía Andaluza para arpa y orquesta, y el Concertino para Guitarra y Orquesta en La Menor, de 1957. La "Romanza" es el segundo de los cuatro movimientos de esta obra genial en la que los rasgos clásicos y románticos se combinan con un profundo sentimiento hispánico, y que recuerda algo al Concierto de Aranjuez de Rodrigo.

 

  Federico Moreno Torroba

Nacido en el seno de una familia de músicos, Federico Moreno Torroba encaminó su dilatada trayectoria musical a la composición de obras sinfónicas, ballets, música coral y vocal y especialmente zarzuelas, de las que fue uno de sus representantes más brillantes. El gran éxito le llegó en 1932 con Luisa Fernanda, una zarzuela que hoy sobrepasa las diez mil representaciones y que goza del aplauso unánime en todo el mundo.

Pero junto con las zarzuelas, la otra gran pasión de Torroba fue la guitarra, a la que dedicó un centenar de composiciones. En ellas da rienda suelta a su inspiración de importantes motivaciones españolas y elabora un lenguaje armónico arriesgado, reflejando su delicada labor de orfebre: Homenaje a la Seguidilla para guitarra y orquesta, obra de amplias proporciones, vivaz en su deseo de alcanzar un colorido y brillo sorprendentes y de gran efecto; Diálogos para guitarra y orquesta, con un tono más intimista; Romántico de Castilla; Fantasía flamenca; Tonada concertante y la Sonatina, una de las obras más encantadoras en toda la historia de este instrumento. En ésta, Moreno Torroba desarrolla un estilo expresivo en el más castizo españolismo, con un lenguaje directo, sencillo y muy atrevido pero a la vez de gran elegancia formal.

Poco antes de su muerte en Madrid, a los 91 años de edad, dedicó y entregó a su amigo e intérprete Andrés Segovia una colección de Seis preludios para guitarra.

El amor al flamenco de Falla

Manuel de Falla (Cádiz, 1876 – Alta Gracia, Argentina, 196) amó íntimamente el cante jondo. Sólo un enamorado del flamenco y la cultura gitana podía crear una maravilla como la gitanería en un acto El Amor Brujo. La música popular impregnó su universo musical, pero no como objeto de cita sino como fuente inagotable de inspiración. El compositor gaditano recreó sus giros melódicos y sus patrones armónicos y rítmicos hasta el punto de inventar una música nueva. Cuando acudía a las citas, en muchas ocasiones, las convertía en felices guiños musicales, como las canciones populares catalanas que utiliza en su descripción sonora del incendio de los Pirineos en Atlántida, la monumental e inconclusa cantata que se convirtió en su canto de cisne, estrenada el 24 de noviembre de 1961 en el Gran Teatre del Liceu bajo la dirección de Eduard Toldrà y con la inolvidable Victoria de los Ángeles en el papel de Reina Pirene.

 Manuel de Falla

El Amor Brujo en la guitarra de Rolando Saad

En el año 2011 Rolando Saad presentó su versión para guitarra y orquesta de El Amor Brujo de Manuel de Falla, lo que significó la consecución de un proyecto con el que el guitarrista soñaba desde niño. “De pequeño ‒recuerda Saad‒ estaba fascinado por tocar esta partitura. Y a medida que estudiaba su obra, entendí que llevarla a la guitarra era algo natural, pues para mí Falla componía sobre la base de dos guitarras, una de acompañamiento y otra llevando la línea melódica y tan es así que sus obras, en general, están escritas en los tonos naturales de este instrumento”.
El poder comunicativo de la música del autor gaditano es tan intenso que él mismo realizó una especie de suite sinfónica de su versión definitiva. Sin embargo, la presentación en versión concierto para guitarra y orquesta es algo realmente novedoso y todo un reto.
Como resultado, El Amor Brujo de Saad es un excepcional arreglo y una personal interpretación que logra capturar todo el espíritu y esencia de la obra de Manuel de Falla y al mismo la dota de una nueva dimensión: la guitarra, recuperando la esencia del flamenco. Este instrumento, con una intensa fuerza rítmica, es a la vez el eje vertebrador entre la larga tradición flamenca y la orquesta sinfónica. Esta versión, que incluye la mayoría de todos los números, entre ellos la archiconocida “Danza ritual del fuego”, las cuerdas de la guitarra suplen la voz y dibujan con gran lirismo esa Andalucía gitana mágica y supersticiosa que imaginó y recreó Falla. Como señaló un crítico, Saad consigue “que su guitarra verdaderamente cante, libre y con personalidad”. 

La magia orquestal de Carmen

La célebre ópera de Georges Bizet (París, 1838 – Bougival, Francia, 1875) es un prodigio de inspiración melódica, fuerza rítmica, y refinamiento orquestal: el retrato psicológico de los personajes, el pulso narrativo y el portentoso sentido dramático del gran compositor francés atrapa al espectador con una fuerza arrolladora. Lejos de la escena, el fascinante poder evocador de la música logra también seducir por completo al oyente en el ámbito del concierto, puesto que Bizet dibuja atmósferas y paisajes con una paleta orquestal exquisita. Aunque en la actualidad no se programan en demasía, las suites de Carmen fueron piezas concertantes habituales en los años cincuenta y sesenta, tanto en los auditorios como en los estudios de grabación, dirigidas con pasión y absoluta convicción por directores de leyenda como Arturo Toscanini, Fritz Reiner, Thomas Beechan y Herbert von Karajan. 

  Georges Bizet

La base de las suites son los cuatro entreactos de la ópera, en los que Bizet despliega un talento orquestal fuera de serie. Son maravillosas piezas de música pura, concisas, evocadoras, tan exquisitas en el trazo fino como en el despliegue de la máxima opulencia sinfónica; música brillante y refinada, en la que seduce de forma especial el diálogo casi camerístico entre los instrumentos de madera. Las suites incorporan, convenientemente adaptadas, arias tan emblemáticas como la "Habanera" que canta Carmen o la "Canción del Toreador" que canta Escamillo. La brillante "marcha de Les Toréadors" o la exultante "Danse Bohème" coronan de forma espectacular las composiciones.