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Una intensa trayectoria

Los comienzos

A los siete años descubrió el amor por la guitarra

Rolando Saad ha vivido la música, la ha compartido con su público en los principales auditorios del mundo y ha viajado por los cinco continentes a través de su guitarra. Oír un concierto suyo es dejarse envolver por toda esa experiencia vital que le permite interpretar cada pieza de una forma personal e inolvidable. Para entender mejor cómo lo consigue hace falta sumergirse en la historia del hombre y del músico.

 

El inicio del romance

Todo empezó con el tañido de una guitarra. Y aunque sólo tenía 7 años, Rolando Saad descubrió el amor, no el que cantan los poetas, sino el amor por la música. Su padre le transmitió el gusto por la música, su tío fue guitarrista y le hizo sentir la emoción, pero fue él quien tuvo claro lo que quería ser a esa temprana edad. “Nunca tuve dudas. Nunca se me ocurrió pensar ni en el violín ni en el violonchelo ni en el piano ni en nada más. Tenía claro que era la guitarra”.

Muchos padres intentan que sus hijos se interesen por la música, muchos hijos lo hacen como una afición más y, al ver el esfuerzo que requiere, lo que en un principio se hacía por gusto acaba convirtiéndose en una obligación. Ése no fue el caso de Saad. Él, ya en la infancia, esperaba sus clases con ilusión y sin que nadie le dijera nada podía estar horas y horas ensayando en su cuarto. Había empezado un dulce romance que duraría toda la vida: el guitarrista y su guitarra. En esa época se formó con Beatriz Leone dentro de la prestigiosa Escuela Tárrega, que seguía las enseñanzas del mítico guitarrista Francisco Tárrega (1852-1909) y que era una de las más reputadas del momento.

A medida que avanzaba el tiempo y que Rolando aprendía más, estaba claro que esa pasión no podía quedar entre ellos dos: merecía un público que también pudiera disfrutar de ella. Pero una de las características de este músico es que básicamente no ha perdido la emoción que le produce pasárselo bien con su instrumento. “Para mí es un hobby que llevé a lo profesional”.

Esa pasión, unida a la resolución de conseguir lo que tanto anhelaba, han desembocado en el músico de renombre internacional que es hoy en día. “Cuando era chico, me moría de desesperación pensando en que tal vez no pudiera llegar a ser un guitarrista famoso, que no pudiera trascender... Cuando escuchaba el Concierto de Aranjuez, soñaba con países, con situaciones, con lo que me gustaría vivir... Eran momentos realmente preciosos por el anhelo que encerraban. Y, al mismo tiempo, eran señales muy claras de que yo quería ser músico, quería ser concertista de guitarra”.